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Bienvenidos al Blog de David de Pedro






No sé como habéis aterrizado en este blog, pero poco importa, estáis aquí y os doy la bienvenida. Espero que paséis un rato ameno porque es de lo que se trata y que aprendáis tanto de mis errores como de mis experiencias, que compartáis la realidad y opiniones a ojos de mis personajes para que los entendáis más. A veces son reivindicativos, a veces muestran ese Mr. Hyde que en un momento dado todos llevamos dentro.

Hasta el momento de su publicación, os dejo con un pequeño aperitivo, el book trayler de mi novela. Como siempre, os invito a que hagáis vuestros comentarios, que mejorarán con mucho este blog.

Soy consciente que vuestro tiempo es oro, y por eso os agradezco vuestra atención. Como dijo Benjamin Franklin: Si el tiempo es lo más caro, la pérdida del mismo es el mayor de los derroches.

Volved cuando queráis.

Gracias,


David de Pedro




P.S.: Por cierto, aquí tenéis el link de La Revelación de Qumrán en Amazon, y si no tenéis kindle y lo queréis leer por ordenador, os podéis descargar el software clicando aquí. También podéis visitar mi nueva página web: www.daviddepedro.com

viernes, 9 de marzo de 2012

Forward - Rewind - Forward in Tanzania

¡Buenas! Vista la buena aceptación del post de Las propiedades de la patata, no me queda más remedio que invitaros a un pequeño viaje entre Kenya y Tanzania... y no es que quiera ir de autobuses, pero cuando viajas con mochila buscando integrarte en el país, lo haces de la manera más mundana posible. Imaginaos la situación:

Mes de Julio en el continente africano. Una panda de blanquitos entre los cuales se incluía un servidor (y con una panda, me refiero a unos ocho o diez) cogen un autobús regular de sesenta plazas en Nairobi (Kenya) con destino a Dar es Salaam, la antigua capital tanzana. Al principio sólo parecía un autobús turístico, ya que sólo íbamos el grupito de viajeros pertrechados con nuestras mochilas. El chofer era una conductora de caracter sobrio y de talla XXXL. Íbamos bien, anchos, frescos (eran las siete de la mañana), limpios y con ganas de llegar a nuestro destino... con el paso de los kilómetros, nuestro espacio se fue reduciendo. Los autóctonos empezaron a llenar el vehículo, subían más que los que bajaban, y a medida que las horas discurrían, el ambiente se tornaba más difícil de respirar. Me acuerdo de una amiga que en una de las paradas que hizo el autobús, y coincidiendo con que había un bar, le pidió amablemente a la conductora que si se podía esperar un momento para que ella fuera al servicio. Hizo el comentario empezando a bajar del autobús, contando con que la mujerona la comprendería y le diría que sí. Cuál fue su sorpresa cuando con la simpatía que caracterizaba a nuestra conductora, le dijo que no, que no podía descender del autobús. Estupefacta, mi amiga volvió a subir, rezando porque en algún momento pudiera hacer sus necesidades antes de que fuera demasiado tarde. 
Al cabo de un cuarto de hora después de haber reiniciado el viaje, el autobús se paró en una cuneta al lado de un árido campo lleno de matojos. Todas las africanas (y eran unas cuantas) bajaron en tropel... los turistas nos quedamos expectantes mientras nos mirábamos sorprendidos. No entendíamos nada. En aquel instante, la señora conductora se giró y le dijo a mi amiga en su rudimentario inglés: The toilet. A la vez que señalaba el campo. Aquello era digno de ver... detrás de cada matojo sólo se veía un culo (blanco o negro) pero en definitiva un culo, lo cuál, buscar un hierbajo libre para poder hacer las necesidades se tornó en toda una odisea.
Después de que todo el mundo subiera, y cuando digo todo el mundo, lo digo en sentido literal, ya que en aquel autobús lo de las sesenta plazas sólo era para indicar los asientos que tenía, no tanto así como la gente que podían llegar a meter, reanudamos nuestro viaje hacia Dar es Salaam. 
Estábamos a punto de llegar, cuando los ayudantes de la chófer se levantaron sin mediar palabra y empezaron a correr todas las cortinas del autobús en pleno mediodía. Otra vez el signo de interrogación apareció en nuestros ojos. No llegábamos a comprender qué sucedía. Pienso que el creador del tetris tuvo una experiencia similar antes de programar su famoso videojuego. Todos los africanos que se encontraban de pie en el pasillo del autobús retrocedieron hacia el fondo del mismo, mientras el vehículo salía de la calzada por indicaciones de unos policías tanzanos para ponerse encima de una báscula pública pero de tamaño reducido (cosa que comprendí más tarde y ya sabréis porqué lo digo). Cuando parecía que habían cogido la tara de la primera mitad del autobús, éste empezó a circular lentamente para hacer lo mismo con la parte posterior. Llegados a este punto, los ayudantes volvieron a movilizar ágilmente y en silencio, a todos los que habían hacinado en la parte de atrás, pero esta vez hacia la parte delantera. Aquello era de película. Los blancos alucinábamos... aunque aquello sólo era el principio. Después de haber pesado el autobús en dos tiempos, los policías tanzanos no acabaron de ver bien lo de la tara... y le indicaron a la chófer que volviera a pesar. Ésta, ni corta ni perezosa, en vez de tirar marcha atrás, cruzó atravesándose entre los cuatro carriles de la carretera (dos por sentido) frenando a todos vehículos que circulaban por aquella transitada calzada. Después de haber dado el giro de 180º, volvió a hacer lo pertinente para encararse otra vez a la báscula, eso sí, ante la impasividad de la autoridad competente. 
Esta vez los ayudantes cambiaron de estrategia y decidieron que en vez de que la gente estuviera de pie en el fondo del autobús, se sentaran encima de los que ya ocupaban su butaca. Creo que debieron pensar que sentados, pesarían menos que de pie, porque sino... Eso sí, tendría que haber sacado la cámara de fotos en aquel momento, porque si bien los africanos accedían dóciles y resignados ante las maniobras del tetris, los turistas blancos a los cuales les sentaban un autóctono encima... alucinaban! Bueno, para no extenderme más, eso pasó tres veces... no es que mi vida pasara ante mis ojos una sola vez, sino que lo hizo las seis que la conductora cruzó los cuatro carriles sin apenas mirar. Finalmente y como los números no salían, hicieron bajar a la mitad del autobús, obligándoles a caminar unos doscientos metros, mientras el vehículo cumplía con el peso reglamentario para satisfacción de ambas partes. Después de recoger a los desahuciados y contra todo pronóstico, llegué a tiempo para coger el ferry hacia Zanzíbar (no sin antes pegarme una carrera maratoniana por medio de la antigua capital con la mochila a cuesta). 

David de Pedro

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